Hoy he salido a caminar
me he puesto las botas,
a prueba de realidades,
y me he pintado los labios de rojo,
ese color que tan poco duraba en mi boca
cada vez que me vestía de sonrisas
para ir a verte.
Sin pensarlo,
he llegado al Museo del Prado
y he visitado esa exposición
a la que prometimos ir juntos.
Casi sin darme cuenta,
he buscado el reflejo
de tus ojos verdes
en todos los espejos,
y lo único que he encontrado
es a una niña disfrazada de mujer
que no sabe qué hacer
con todos los recuerdos
de la vida que nunca tuvimos.
Después de desvivirme
en cada pincelada,
he seguido caminando
y he recorrido
el mismo paseo que hicimos juntos
la primera vez
que abrimos nuestras ventanas al mundo:
entonces vi en ti una galaxia,
con poemas como estrellas.
Ahora el cielo está cubierto
por un enorme agujero negro
y unas nubes,
que amenazan con tormenta.
Ya en casa
he abierto una botella de vino
que guardaba
para una maratón de películas clásicas
que jamás vimos
y borracha por la rabia,
me fui a la cama:
esa que ya no recuerda
el día que decidimos rendirnos
y tirar la toalla.
A la mañana siguiente,
el vértigo se había disipado.
Solo entonces,
caí en la cuenta:
fuimos soñadores
de un futuro
que no recordamos
cuando despertamos.
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